La necesidad de los derechos humanos en una sociedad de competencia: El juego del Calamar

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Escrito por Claudia Crespo y Valeria Suenaga, miembros de la Comisión de Responsabilidad Social Universitaria del Equipo de Derechos Humanos.

La más reciente serie de Netflix “El juego del calamar” se ha convertido en un fenómeno mundial y ha superado récords de audiencia (Santa Cruz, 2021). Además, ha representado el foco de una crítica social al reflejar el capitalismo de la manera más cruda posible (Fuentes 2021). Como afirmó Hwang Dong-hyuk, director y creador de la serie, El juego del calamar es una alegoría de la sociedad capitalista moderna (El Comercio 2021). Esta se basa en un modelo económico que rige mundialmente y al que las personas están sujetas, por lo que es posible identificarse con los personajes y el contexto que se presenta en la serie, lo que explica gran parte de su popularidad. De esta manera, la serie invita a cuestionar las siguientes ideas: ¿Las personas se encuentran en una competencia? ¿Habrá un ganador? ¿Cuál es el rol de los derechos humanos en esta “competencia”?

A lo largo del presente artículo trataremos de responder a estas preguntas a partir de las metáforas narrativas y visuales que se emplean en la serie.

1. Luz roja, luz verde: ¿Cuándo podemos avanzar?

Como punto inicial se abordará la organización de los personajes. Por un lado, se encuentran los jugadores, todos vestidos de la misma manera con buzos verdes y, de manera intencional, son los únicos que llevan los rostros expuestos. Narrativamente, este recurso es empleado para cumplir su principal finalidad. Esta es, servir de entretenimiento a los VIP, por lo que deben ser los únicos que muestran con claridad las emociones que experimentan en cada juego: desesperación, tristeza, frustración, alegría, alivio, entre otros. No obstante, este aspecto también puede ser interpretado desde un punto de vista social. Así, al representar a la clase más baja dentro de la sociedad creada en la serie, son los más expuestos a las órdenes de los altos mandos (los VIP). No pueden esconderse detrás de las máscaras ni tampoco diferenciarse entre ellos. Por otro lado, se encuentran los guardias que custodian a los jugadores y ejecutan las órdenes de los VIP. Si bien también presentan los mismos atuendos (monos rojos), estos sí pueden usar máscaras, las mismas que tienen símbolos diferentes (cuadrado, triángulo y círculo), lo que implica que hay una organización al interior de ellos. Al tener estas diferencias, pueden posicionarse por sobre los jugadores. Sin embargo, ello no los resguarda del poder de los VIP, ya que, como menciona uno de los personajes, “los guardias pueden ser reemplazados, pero no los jugadores”. El hecho de tenerlos enmascarados, con la única regla de no exponer sus identidades, es también una manera de representar la sociedad actual, en la que el rostro de muchos funcionarios del gobierno se mantiene en constante cambio debido a la inseguridad laboral en muchos países y la competitividad cada vez más creciente. Esto supone que, incluso siendo un guardia, nada asegura mantenerse en ese puesto, tal como sucede con la clase media de muchas sociedades actuales.

Finalmente, se encuentran los VIP, un grupo que no supera la decena de personas y que, sin embargo, son los que controlan el juego. Incluso pueden infiltrarse en este y manipularlo desde adentro. A diferencia de los anteriores,  los VIP llevan máscaras, pero todas ellas son diferentes entre sí y, además, se les permite vestirse de manera diferente. 

Hasta este punto, resalta el elemento de la diferencia. Los estratos más bajos de su sociedad son los que menos posibilidades tienen de diferenciarse con sus pares; mientras que, a medida que asciendes, dicha facultad de poder se va acrecentando. Este pensamiento parece contradictorio con la primera de las bases del capitalismo liberal: la igualdad (Callinicos 2006 :265). A partir de este modelo, se supone que la facultad de negociar libremente se concibe en una sociedad con igualdad de oportunidades y condiciones. Tal como lo expone Sanguinetti (1996: 145-150), este modelo liberal ha fracasado, precisamente, porque no somos ni podemos ser iguales. Quiérase o no, determinadas personas tienen más poder que otras. Es más, el planteamiento actual del derecho a la igualdad y no discriminación no se basa en buscar la igualdad material de todos, sino una igualdad formal que reconozca la diferencia de las personas, especialmente de aquellas que han sido aplazadas de la sociedad por determinadas condiciones como la raza, el sexo, la orientación sexual, entre otros. De ese modo, lo que refleja la serie es esa “ilusión de igualdad”, el establecer que, por vestir del mismo modo a un grupo de personas diferentes ya las hace iguales, ignorando la diversidad entre los personajes: desde un empresario brillante en bancarrota, un anciano con enfermedad terminal, un migrante, una refugiada norcoreana, hasta un mafioso. De ese modo, el establecer el cuándo podemos avanzar se relaciona directamente con el punto de partida; es decir, las oportunidades que cada persona tiene no son las mismas: algunos inician desde abajo como los jugadores, otros con cierto poder como los guardias y unos pocos desde una posición privilegiada como los VIP. 

Esta ilusión de igualdad se revela claramente cuando, al final, se descubre que es el jugador 001 la cabeza detrás de toda la organización, lo cual explica el que se mantuviera tanto tiempo en el juego, a pesar de ser considerado como el más débil y vulnerable. Su posición y poder son los que permiten su permanencia, incluso en contra de una de sus reglas: el jugar en igualdad de condiciones. Se debe recordar que, varios guardias y uno de los jugadores son ejecutados por incumplir esta premisa, al ser descubiertos dándole información previa de los juegos al doctor para que este ayudara en el tráfico de órganos de los perdedores. Así, quienes pertenecen a la clase baja y media son sancionados por la organización; en cambio, caso contrario al jugador 001 quien, aún sabiendo de su situación de ventaja, lo dejan impune.

Justamente, el objetivo de la serie es evidenciar esta disparidad en la sociedad, que espera que todos seamos iguales, aun cuando ello no es verdad. El ignorar las diferencias solo hace más desigual a la sociedad, la misma que se acrecienta cuando se agrega el factor de la competitividad.

2. ¿Cuándo entrar y cuándo retirarse del juego?

Otro punto narrativo de la serie es el trasfondo de cada personaje, apoyándose en que son sus necesidades económicas las que los orillan a “aceptar” participar en los juegos y justificando así el accionar de los VIP. He aquí el segundo espejismo: la idea del consentimiento y la aceptación voluntaria de la renuncia de los derechos humanos.

Ya se ha afirmado en diversos tratados internacionales, que involucran también a Corea del Sur, que los derechos humanos son irrenunciables. Ello implica que, independientemente de las condiciones socioeconómicas, ninguna persona puede renunciar a sus derechos humanos, menos aún a la vida. No obstante, en la serie se muestra lo contrario, pues cada participante acepta “voluntariamente” las reglas del juego. Es más, la organización les da a los jugadores la oportunidad de votar “libremente” si jugar o no. Así, se nos muestra una interpretación errónea del concepto de democracia, puesto que el supuesto voto a favor o en contra de la continuación de los juegos también es una decisión de renuncia a derechos humanos. No se bota por un líder político o una norma determinada, sino por la continuación de la exposición al riesgo de perder sus vidas. Bajo esa idea, una mayoría simple bastaría para restituir la pena de muerte en nuestro país, lo que se basa en la noción de democracia como mayoría y no como ideal político (Maldonado 2016:139).

Sin embargo, incluso si ignoramos el sentido de la votación (renunciar o no a sus vidas) y nos enfocamos solo en el voto, tampoco podría afirmarse que haya una democracia, puesto que, al momento de llevarse a cabo la votación, ya había más de 100 víctimas del juego que no conocían las condiciones del mismo. Esto se debe a que, cada uno de los participantes es llevado a jugar con engaños y manipulación de los organizadores. En ningún momento previo a aceptar el primer juego, se les explica que sus vidas estaban en riesgo. A ello se suma que, las reglas de la organización eran demasiado generales: 1) El jugador no puede dejar de jugar; 2) El jugador que se niegue a jugar será eliminado; y 3) Los juegos terminarán si así lo decide la mayoría. Estás reglas son eliminadas cuando quien está en peligro es un VIP o cuando, por entretenimiento de otros VIP, se deciden ignorar. 

Nuevamente, el objetivo narrativo es claro, el crear suspenso en el espectador, quien espera impaciente si uno de sus participantes favoritos será eliminado. En ese sentido, sin la idea de la renuncia a la vida de los participantes, los juegos pierden su atractivo. Es el elemento extremo de la muerte el que hace que simples juegos infantiles causen este efecto. Esa es, precisamente, la característica fundamental del género Battle Royal que sirvió de inspiración al creador de la serie. Pero el trasfondo social que oculta es más preocupante, pues establece que el entretenimiento de unos pocos con poder es suficiente para desvalorar la vida de las personas con menos poder, visibilidad e importancia para el resto de la sociedad. Ello no se restringe solo a los jugadores, tanto los guardias como las personas que, más adelante, atienden a los VIP son deshumanizados y esto es, precisamente, lo que hace factible que renuncien a sus derechos: el no considerarlos como iguales, en suma cuenta, como personas.

3. El juego del calamar ¿Quién ataca y quién defiende?

De lo hasta aquí expuesto, es evidente que la serie ha servido para analizar muchas de las premisas de las sociedades actuales que terminan siendo ilusiones, pues cambian constantemente dependiendo de lo que interpretemos como libertad o democracia, la renuncia a los derechos humanos, la igualdad e incluso el poder, entre otros. Sin embargo, aquello que sale a relucir es ese elemento faltante que hace que las conductas mostradas en la serie sean posibles y, por ende, creíbles.

Es necesario recordar que los seres humanos también cuentan con un estado natural, ese en el que los impulsos no son contenidos y las acciones no son encaminadas racionalmente. En este estado, acciones como matar o mentir perjudicando a otros son totalmente permitidas. De hecho, la serie también hace una alegoría a este estado cuando, al final, se muestra a los VIP colocándolos en una sala decorada como una jungla, con personas que realizan body painting de animales y, más específicamente, al colocar a los VIP máscaras de animales (león, venado, conejo).

Serán entonces creaciones como el derecho y el Estado los encargados de establecer límites a nuestras acciones y, de ser el caso, imponer sanciones (Gaudio 2010: 4). Ambos persiguen civilizar las relaciones sociales y sustituir en ellas las relaciones de fuerza por relaciones de derecho (Sanguinetti 1996: 151). No obstante, incluso estos conceptos han ido evolucionando con el pasar de los años y ello se refleja en la historia. Se ha pasado de organizaciones humanas pequeñas que solo garantizaban la subsistencia de sus miembros, a tener gobiernos que también están sujetos al orden constitucional y pueden ser sancionados como cualquier ciudadano en caso incumplan dichas disposiciones.

Así, el momento actual en el que nos encontramos presenta un conflicto que permite que series como El juego del calamar o películas como El Hoyo nos parezcan tan creíbles. Esto ocurre debido a que, a pesar de tener normas constitucionales e internacionales sobre derechos humanos, continúan presentes situaciones de vulneración e inseguridad. Incluso, en ocasiones, son fomentadas y/o encubiertas desde el propio Estado (mediante, por ejemplo, la corrupción) y el modelo económico que, al igual que en Corea del Sur, se repite en muchos países como el nuestro, donde la precariedad y la falta de oportunidades acrecienta cada vez más la brecha entre clases sociales. Esta brecha da razón a la metáfora de las escaleras empleadas en la serie que, basada en la pintura Relatividad de M. C. Escher, muestra una escalera que, al subir y bajar, crea la ilusión de tener un destino, pero en realidad se permanece en el mismo lugar. Por esta razón, hablar de una competencia en el contexto de una sociedad como la presentada en la serie resulta ilógico, ya que es imposible concluir que se tiene una competencia o, al menos, no una justa. Asimismo, aun consintiendo el triunfo en estas competencias, resulta prudente cuestionar si en realidad se ha ascendido y esta es una de las principales interrogantes del final de la serie, aun cuando el personaje de Seong Gi-hun ha ganado los millones y esté dispuesto a enfrentarse a los VIP. ¿Tendrá el poder para hacerlo? ¿Ya es igual a ellos?

Solo en el contexto peruano, de acuerdo al INEI, el año pasado la pobreza monetaria alcanzó al 30% de la población, lo que equivale a 9 millones 890 mil personas (Ojo Público 2021). En contraposición, de acuerdo a Gestión (2018), son solo 28 mil 530 familias las que superan el millón. Es decir, la existencia de clases sociales y brechas económicas que separan unas de otras es evidente y, lo más posible, es que no logremos superar esta realidad. Empero, ello no implica desconocer esta situación, el primer paso a resolver el problema es reconocer que existe uno.

Conclusión

En síntesis, lo que tratamos de exponer en este artículo es que las brechas sociales siempre estarán presentes, especialmente en países donde, como Corea del Sur e incluso nuestro país, se acrecienta cada vez más la competitividad de los ciudadanos quienes buscan “ascender” socialmente en un mundo globalizado que demanda cada vez más la especialización. No obstante, esta competencia no siempre es justa, las condiciones particulares de cada persona como el contexto, género, raza, entre otros, hacen que la igualdad de oportunidades sea difícil de lograr, sobre todo cuando existen restricciones al acceso y ejercicio efectivo de derechos humanos. Por ello, es tan fundamental el papel de los Estados en busca de la tutela efectiva, que consiste no sólo en reconocer que tenemos derechos, sino, sobre todo, en promoverlos y protegerlos de amenazas internas y externas. En una sociedad como la representada en la serie, donde se tiene como “Estado” a los organizadores del juego, es evidente que la seguridad y bienestar de los jugadores no será la prioridad, pero ese no es el modelo de Estado que rige en la actualidad y, por ello, es peligroso profundizar y normalizar aquello que se nos presenta en la serie que, por el contrario, debe verse como una crítica a las condiciones sociales actuales impulsadas por un capitalismo sin control ni límites.

Bibliografía:

ALVA, Marco

2018 “Perú tiene más personas con fortunas que pasan el millón de dólares que Argentina”. Diario GESTIÓN. 03 de diciembre de 2018. Lima – Perú. https://gestion.pe/economia/riqueza-peruanos-incrementa-us-467-000-mlls-estancarse-2017-251663-noticia/?ref=gesr 

CALLINICOS, Alex

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http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/formacion-virtual/20100720070945/11Callinicos.pdf 

EL COMERCIO

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https://elcomercio.pe/somos/historias/squid-game-el-juego-del-calamar-la-serie-de-netflix-que-refleja-los-males-que-nos-consumen-como-sociedad-dong-hyuk-hwang-hwang-dong-hyuk-noticia/ 

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INEI

Pobreza monetaria alcanzó al 30,1% de la población del país durante el año 2020. Consulta:  12 de octubre de 2021.

https://www.inei.gob.pe/prensa/noticias/pobreza-monetaria-alcanzo-al-301-de-la-poblacion-del-pais-durante-el-ano-2020-12875/ 

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2016 “Democracia, derechos y regla de mayoría: una mirada a partir de la teoría de Norberto Bobbo”. ISONOMÍA. Número 44, pp. 127-162. Consulta:  12 de octubre de 2021.

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SANTA CRUZ, Luis

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