Lágrimas sin consuelo: El ojo que llora y el recuerdo de la deuda pendiente con las víctimas del CAI

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Escrito por Stephanie Cortez, miembro del Área de Investigación del Equipo de Derechos Humanos.

El Conflicto Armado Interno (CAI) fue un periodo oscuro en la historia de nuestro país, que tomó lugar entre 1980 y 2000. Cobró la vida de cientos de miles de personas y su recuerdo sigue retumbando en la memoria de los peruanos hasta nuestros días. Debido a la trascendencia que tuvo, fue inspiración de muchos artistas, que trataron la violencia, el dolor e invisibilización de estos hechos a través de las pinturas, esculturas, canciones, películas y novelas. Entre las manifestaciones artísticas más destacadas, se encuentra “El Ojo que Llora”, una escultura que honra el nombre de las víctimas mortales y desaparecidos durante este desastroso periodo histórico, y busca reflejar en ella principalmente el dolor de sus pérdidas.

El Ojo que Llora es una escultura ubicada en el Campo de Marte (Lima metropolitana, específicamente en la Alameda de la Memoria, sección dedicada exclusivamente a preservar la memoria de los eventos ocurridos en el CAI. El Ojo que Llora es obra de la difunta escultora holandesa Lika Mutal, que buscó crear “un espacio donde pudieran ser recordadas y honradas las víctimas inmoladas, sin ninguna distinción”, inspirada por la muestra fotográfica de Yuyanapaq [1]. Esta escultura se extiende por 1500 m2. Está conformada por un monolito, de alrededor de 1 metro de altura, de la que brota agua desde una abertura circular (el “ojo”) hasta un pozo de agua que la rodea. Alrededor de este núcleo, hay once círculos de piedras a modo de laberinto, y cada piedra tiene escrita el nombre, la edad y el año de muerte o desaparición de la víctima [2]. El monolito representa a la Pachamama (Madre Tierra), y el brote de agua sus lágrimas de dolor por lo que sus hijos son capaces de hacerse unos a otros [3]. Esta escultura tiene valor no únicamente nacional, sino internacional. Fue declarada Patrimonio Cultural de la Nación por el Ministerio de Cultura en 2013 y salvaguardada como tal por la UNESCO [2].

Este memorial, así como otras muestras artísticas que tratan del Conflicto Armado Interno, tienen un objetivo: esclarecer la memoria de lo sucedido realmente en el CAI. La crudeza de estas expresiones y tratamiento común como hechos de violencia bilateral fue, en su momento, un enfrentamiento directo con la “versión oficial” del gobierno de Fujimori. Dicha versión maquillaba hechos fundamentales como la violencia ejercida por los militares, la verdadera cantidad de muertos y desaparecidos, así como negar la autoría de delitos de lesa humanidad, a través del control mediático e informativo [4]. Cabe aclarar que la información brindada por el Gobierno, en ese momento, no era falsa, pues se ha determinado que los autores de la mayoría de asesinatos y desapariciones fueron los grupos terroristas de Sendero Luminoso y, en menor medida, el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, hechos que son respaldados por la propia Comisión de la Verdad y Reconciliación [5]. Sin embargo, la información oficial, en esos tiempos, omitía los propios atentados a civiles perpetrados por los militares, a quienes se les había otorgado un peligroso aumento de su autonomía para enfrentar a todo aquel que sospecharan que fuera un terrorista. Según afirma Gonzalo Gamio, el “control sobre la memoria” es el medio más eficaz de los gobiernos dictatoriales para encubrir delitos de lesa humanidad, ya que “determina lo que una comunidad debe recordar, olvidar o negar como hecho histórico real o relevante para ella” [6]. Ello no solo implica que dichos delitos caigan en la impunidad, sino también negar la existencia misma de sus víctimas y censurar la opinión de un amplio sector de la sociedad que ha sido históricamente marginado.

La existencia de memoriales como el “Ojo que Llora” ha servido no solo para visibilizar a las víctimas, sino para la instauración de una memoria de reconciliación, que sea realmente transparente con lo sucedido y devuelva a los afectados su lugar en el espacio público para exigir justicia. Los hechos ocurridos durante el Conflicto Armado Interno, fueron perpetrados por los grupos terroristas al igual que por los militares, y deben ser catalogados como delitos que vulneran múltiples derechos humanos; en su gran mayoría, contra personas civiles. Sin embargo, el borrado de la memoria resulta por sí mismo un atentado a los mismos, pues imposibilita el acceso a la justicia por los crímenes que niega tanto los grupos subversivos como el gobierno de Fujimori. La consolidación de una memoria de reconciliación, según Barrantes y Peña, busca justicia sobre los crímenes, el reconocimiento de las víctimas y garantías de no repetición sobre la base de aceptación de los errores pasados [4]. 

El Ojo que Llora cumple con la tarea de reconciliación, pues su propia estructura dota de individualidad a cada víctima [6], al corresponder un nombre por cada piedra, lo cual nos permite humanizar a cada víctima y su propio sufrimiento, sentimiento que no pueden generar las cifras sobre el papel. Al mismo tiempo, el monumento refleja un atentado colectivo, a un grupo en específico históricamente discriminado y de donde provinieron la inmensa mayoría de las víctimas: el campesinado de los pueblos originarios; ello se logró mediante la incorporación de elementos de la cultura andina en su estructura [6], como la simbolización de la Pachamama en el monolito y el hábil uso del elemento de la tierra al ser el elemento con el que se asocia al campesinado. No obstante, el gobierno fujimorista no fue el único en intentar borrar la memoria, pues esta escultura ha sufrido muchos atentados por parte del sector más conservador y simpatizantes de Fujimori, siendo el más reciente el ocurrido en 2018 [7]. Ello solo nos demuestra que, a pesar de los años, aún existen obstáculos para lograr una verdadera memoria de reconciliación.

A modo de síntesis, el arte tiene un rol muy importante en la preservación de la memoria, pero más importante, en el tipo de memoria que deseamos transmitir. El Ojo que Llora es una escultura que se funda en la memoria de la reconciliación. Dicha memoria no es estática, sino bidimensional. Por un lado, nos recuerda el pasado, los delitos de lesa humanidad cometidos por terroristas y por agentes de seguridad, y la verdadera magnitud de los mismos. Por otro lado, nos recuerda un compromiso aún vigente en el presente y futuro con las familias y comunidades afectadas por estos hechos: el de alcanzar justicia y realizar un cambio en el sistema y en la cultura cívica, para hacer de nuestras instituciones y de nuestra sociedad un lugar para todos los peruanos, y no solo unos pocos.

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Referencias bibliográficas:

[1] Chirinos, Roxana (2007). Conversación con Lika Mutal. AgenciaPerú. Consultado el 5 de marzo de 2021. https://web.archive.org/…/cultural/portada/cvr3/mutal.html

[2] Centro Internacional para la Promoción de los Derechos Humanos – Unesco (s/f). Mapa interactivo de lugares de memoria vinculados a graves violaciones a los derechos humanos. ‘El ojo que llora’. Memorias situadas. Consultado el 5 de marzo de 2021. https://www.cipdh.gob.ar/…/lugar-de…/el-ojo-que-llora/

[3] Asociación Pro Derechos Humanos (s/f). Memorial ‘Ojo que Llora´. Espacios de memoria en el Perú. Consultado el 5 de marzo de 2021. http://espaciosdememoria.pe/espacios.php?memoria=35

[4] BARRANTES, Rafael y Jesús PEÑA (2006) Narrativas sobre el conflicto armado interno en el Perú: la memoria en el proceso político después de la CVR. En: REÁTEGUI, Félix (coordinador). Transformaciones democráticas y memorias de la violencia en el Perú. Lima: Instituto de Democracia y Derechos Humanos – Pontificia Universidad Católica del Perú, pp. 16-40. Consultado el 5 de marzo de 2021

[5] Comisión de la Verdad y Reconciliación, et. al (2008). Fascículo 3: asesinatos, masacres, desaparición forzada, tortura, violencia sexual, violación a los derechos colectivos y violación al debido proceso. En Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Versión en cinco fascículos. Instituto de Democracia y Derechos Humanos (IDEHPUCP). Consultado el 7 de marzo de 2021. http://repositorio.pucp.edu.pe/index/handle/123456789/110893

[6] Gamio, Gonzalo (2009). Memoria y derechos humanos – Los retos de la justicia transicional en el Perú. En Tiempo de memoria. Reflexiones sobre derechos humanos y justicia transicional (pp. 105-118). Instituto de Democracia y Derechos Humanos (IDEHPUCP), Instituto Bartolomé de Las Casas y Centro de Estudios y Publicaciones (CEP). Consultado el 7 de marzo de 2021.

[7] Moraña, Mabel (2012). El Ojo que Llora: biopolítica, nudos de la memoria y arte público en el Perú de hoy. Latino@mérica (54), pp. 183-216. Consultado el 5 de marzo de 2021. http://www.scielo.org.mx/pdf/latinoam/n54/n54a8.pdf

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